martes, 16 de febrero de 2010
Caminando por la calle yo te ví
caminando por la calle yo te ví
caminando por la calle yo te ví
y un día yo me enamoré de tí
y un día yo me enamoré de tí
Era el verano de 1990. Estaba en Copenhague. Había empezado a trabajar en una pequeña empresa de desarrollo de software a través de un intercambio universitario, tras terminar 5º de Informática de Getión en la Universidad Politecnica de Valencia. Aquéllo era una experiencia en toda regla. Irme seis meses de España, dejando familia y amigos, significaba dejar todo atrás y comenzar una nueva vida. Seis meses de antes era un tiempo infinito.
Al principio lo pasé francamente mal. Me metieron en una habitación sótano con cucarachas en la alfombra en una casa compartida de jóvenes daneses un poco hippies, que fumaban todos los días marihuana de su propio jardín. Conseguí que me cambiaran provisionalmente de habitación. Me dejaron otra con cama de agua. Empecé a tener pesadillas. Las cuatro paredes se iban acercando hasta llegar a aplastarme. Me desperté en la noche gritando HELP! HELP!.
Creo que fueron las tres semanas peores de mi vida, sin nadie a mi lado, intentando desenvolverme en inglés en un país lejano, intentando entender lo que me pedían en el trabajo, intentando buscar un nuevo alojamiento en el que me sintiera un poco mejor. Finalmente, conseguí traslado a un colegio mayor: Kampsas Kollegium, en Lingby, a unos 20 km de Copenhague, y empece a salir del agujero negro en el que estaba.
Uno de esos días de verano estábamos en la oficina trabajando, tenían la radio encendida, y empezó a sonar una canción en español que nunca había oído antes:
caminando por la calle yo te ví
caminando por la calle yo te ví
y un día yo me enamoré de tí
y un día yo me enamoré de tí
No sé que fue, pero una enorme felicidad me invadió. Había pasado lo peor. Volvía a ver la luz. Tenía por delante todo un mundo por descubrir. Un mundo a mis pies que me estaba esperando. Desde entonces, todo cambió y la experiencia de Copenhague fue una de las más felices de mi vida.
Por todo aquéllo, esta canción quedó íntimamente ligada a la felicidad, no necesita más explicaciones, no hay palabras que puedan describir el sentimiento. Cómo dos frases tan simples pueden tener tanta fuerza, cómo pueden decir tanto con tan poco.
Hoy se las he cantado a Iciar y a Nuria. Me miraban fijamente, sonriendo, como diciendo: mi papá está loco. Ese mismo sentimiento ha vuelto después de casi 20 años, tal vez con algo de nostalgia pegada al recordar aquél tiempo, pero con las mismas ganas y con la misma fuerza.
Iciar, Nuria: sois mi vida, mi felicidad. Tenéis toda la vida por delante, y espero disfrutar gran parte de ella con vosotras.
y un día yo me enamoré de tí
y un día yo me enamoré de tí
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